17/10/11

El Hombre Invisible



The Invisible Man, James Whale, 1933, EEUU, Claude Rains, Gloria Stuart, William Harrigan.

El ciclo de Horror clásico de la Universal que se inició con Drácula y Frankenstein, ambas de 1931, tiene su muestra más representativa en cuanto a su cercanía al terreno de la Ciencia-Ficción en esta adaptación de la novela homónima de H.G.Wells. Estamos ante la creación de las arquetípicas criaturas del Horror que conforman el período clásico del género y lo definieron en la década de los 30, etapa que sentó las bases del fantástico y del terror posterior y que abrió la puerta a productoras venideras como la Hammer.

Para la recreación de las aventuras del personaje que descubre la invisibilidad la Universal confió en el mismo equipo técnico que llevara a cabo la exitosa adaptación de Frankenstein un par de años antes con el director inglés James Whale a la cabeza. En esta ocasión el genio visual de Whale que se desplegó con profunda intensidad en la segunda parte del díptico sobre el monstruo de Shelley (La Novia de Frankenstein, 1935), queda supeditado al servicio de la esquemática narración planteada en el guión de su antiguo colaborador en el teatro, R.C.Sherriff, un tanto envejecida y con las relaciones entre los personajes deshilvanadas en ocasiones (especialmente en la vertiente sentimental) y sin plasmar la evolución psicológica del personaje central con convicción, dejando que la película avance de manera deslavazada. Aun así, la fuente original de Wells es de tal calibre, planteando una cuestión capital en el campo de la Ciencia-Ficción como es el uso que se debe hacer del conocimiento científico, que el relato presenta un atractivo cimentado también en la creación de la atmósfera en la que se desarrolla así como en los efectos especiales empleados que, aún hoy en día, están plenamente vigentes. Respecto al primer ítem señalado la mano de Whale es palpable, dotando además al filme de unas dosis de humor capitalizadas, en especial, en el pintoresco personaje de su actriz-fetiche Una O'Connor; sobre el segundo valor resaltado el mérito recae en John P. Fulton, uno de los magos de los FX que acabó colaborando con el mismísimo Alfred Hitchcock. Su labor en El Hombre Invisible es todo un hito y la escena final sigue siendo asombrosa en la actualidad, sin olvidar la del desvelamiento del misterio del extraño visitante de la posada. Todo un alarde de trucos de fotografía y exposiciones dobles que hacen de esta película parada obligada no ya sólo para los amantes del fantástico sino para todos aquellos interesados en el terreno de los efectos visuales que tendrán una nueva ocasión de disfrutar de la labor de Fulton, todo un maestro que continuó abriendo el camino que comenzaron a desbrozar Méliès y Chomón. En este sentido cabe resaltar que 1933 también vio el estreno de otro filme más que importante, King Kong, cuyos efectos especiales corrieron a cargo de otro ilustre, Willis O'Brien.



El debut más "extraño" de un actor en Hollywood, puesto que a Claude Rains, intérprete del científico Jack Griffin, descubridor de la invisibilidad, únicamente se le puede ver en la recordada última escena del filme (el visionado de la película en versión original se hace indispensable para disfrutar de los matices de la voz del actor), tuvo unas cuentas secuelas -algunas de ellas con nombres ilustres como el de Vincent Price o John Barrymore representando diferentes roles- en la década siguiente (El Retorno del Hombre Invisible, La Mujer Invisible, La Venganza del Hombre Invisible, El Hijo del Hombre Invisible) convirtiéndose en una auténtica franquicia para la Universal, fruto de la enorme popularidad de la que gozó y, además, está reconocida como la mejor adaptación que jamás se ha realizado de la novela original y ello pese a diferir en, entre otros, un matiz que la hace menos inquietante respecto a su fuente: la cordura del científico queda aquí sustituida por una historia de "Mad Doctor" causada por la droga utilizada en sus experimentos. Una aventura de "científico loco", megalómano y amoral, que sienta las bases para el género fantástico que alcanzaría su apogeo en las décadas de los 50 y 60 del siglo pasado y que ahonda en la temática que Whale ya abordó con Frankenstein: el rechazo de la sociedad hacia el diferente que obtiene del marginado el comportamiento contra la misma, si bien en el caso del científico invisible esta respuesta frente a la turba que lo persigue se ve influenciada y magnificada por el uso de la droga que le otorga la invisibilidad.

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